Siempre positivo, nunca negativo

Siempre positivo, nunca negativo

El otro día, en una comida con varias personas, surgió en la conversación el tema de la importancia del optimismo y de mantener una «actitud positiva» ante las sorpresas y baches de la vida. Y de repente algo dentro se me revolvió y me encontré matizando algo que, en principio, parecería una de esas verdades incuestionables. Por tener, hasta cuenta con su refrán, «al mal tiempo buena cara». La idea en los últimos tiempos se ha visto reforzada por teorías como la de la atracción positiva.

En el Eneagrama de la personalidad existe un tipo, el número 7, al que se le suele describir como el entusiasta o el optimista. Los 7 buscan tanto la felicidad, la diversión y el bienestar que su defecto radica precisamente en su tendencia a la superficialidad y en la incapacidad para enfrentar y resolver los problemas. Lo habitual es que huyan de ellos en busca de una nueva fuente de diversión.

No cuestiono la importancia de una actitud positiva, o más bien diría constructiva, ante la vida. Pero creo que, si se abusa de ella, o se malinterpreta, también conduce a una actitud evasiva y de irreflexión. A menudo veo que se acude al optimismo como una estrategia para no sufrir, y en consecuencia, no se crece. Pero si hacemos una encuesta informal a nuestro alrededor, veremos que las grandes decisiones, los grandes cambios en nuestras vidas casi siempre tienen su origen en situaciones duras, y ocurren y son posibles porque antes lo pasamos mal. Ese malestar, o ese sufrimiento, es el que hace tambalear nuestras estructuras vitales, nos obliga a replantearnos lo que antes parecía implanteable y luego propicia un cambio. Por eso, la próxima vez que llegue un golpe mal dado, en lugar de buscar el «siempre positivo, nunca negativo», probablemente lo más adecuado sea aceptarlo, contactar primero con lo que sentimos, en lugar de resistirnos, y después recapacitar. Pasémoslo un poquito mal para luego pasarlo mejor.