Mejor no sentir

Mejor no sentir

El otro día me «reclamaron» que hace mucho que no escribo en el blog (cierto, horror…). Lo del nuevo canal de Youtube (¿no lo has visto? Está aquí), más preparar el retiro de «Yoga y Mujer» que organizaré en febrero (¿que tampoco sabes nada? ¡Pues aquí!) y mientras tanto seguir avanzando a trompicones con la nueva web personal que espero tener en algún momento (de esto no puedo compartir nada aún…) me tiene bastante «entretenida».

PERO. Rebuscando en mis reflexiones internas, al final a menudo termino, porque lo veo cada día, en las clases que imparto y en mí misma, en la dificultad que tenemos todos para dejarnos sentir. El adormecimiento, particularmente el adormecimiento emocional (si bien las emociones se sienten a través de sensaciones corporales), es una de las mayores trabas a las que necesitamos hacer frente para crecer internamente, y convertirnos así en seres más plenos, más vivos, más de verdad. Para muestra, el pan de cada día:

– ¿Cómo estás?
– Bien.

Por supuesto hay grados en este sentido; el caso extremo es el de la disociación, que se relaciona con personas que han sufrido algún tipo de trauma (tengo todavía pendiente escribir más sobre este tema en algún momento).

Pero lo cierto es que los avances en el campo de la psicoterapia, especialmente la psicoterapia que incorpora (nunca mejor dicho) el aspecto corporal está viendo que todos estamos traumatizados, en mayor o menor medida, y que no hace falta haber vivido en un lugar en conflicto, o en extrema pobreza, o con padres violentos (aunque todo eso agrava, obviamente) para estar traumatizado. Vivir en sí mismo es traumático (hay un libro precioso aunque no para todo el mundo llamado “El trauma de la vida cotidiana”, de Mark Epstein, del que he hablado anteriormente aquí).

Así que todos estamos más o menos anestesiados, más o menos dormidos. Y, como lo estamos, no nos damos cuenta, damos por hecho que sí sentimos y que nuestra experiencia es «lo normal». Cada vez que recurrimos a una muletilla, una de esas palabras huecas del tipo “estoy bien” o “fenomenal”, el programa se pone en marcha.

No por nada Buda se autodenominó así a sí mismo: en sánscrito Buda significa “el despierto”, el iluminado, el que sabe. En el Budismo se considera que hay dos grandes obstáculos que nos impiden alcanzar nuestra verdadera naturaleza despierta; uno es el deseo, y todo lo relacionado con él (los apegos, las envidias, celos,…) y el otro es el rechazo (emociones ligadas al odio y la ira). Realmente son los dos instintos esenciales de la existencia: el acercarnos a algo (a la comida, al placer, a una fuente de calor…) o el alejarnos de ello. El me gusta/no me gusta.

Pero todo esto, según el Budismo, se engloba en el obstáculo mayor, que es el de la Ignorancia. Ignorancia en este contexto no quiere decir “ausencia de conocimiento”, no trata de nada intelectual o teórico, sino que es una ausencia de comprensión que impide ver las cosas tal cual son, en lugar de filtradas por nuestros condicionamientos o vivencias previas (y aquí quiero aclarar que no por ser «muy espiritual» se está necesariamente menos anestesiado… De hecho, aunque las historias de Buda cuentan que cada vez que oía algo triste lloraba con la persona, a menudo se cae en la creencia de que estás más «evolucionado» espiritualmente si aparentas estar siempre bien, con tus emociones «bajo control»).

Ignorancia, adormecimiento. Esos lugares donde nuestra conciencia se anestesia, para no conectar con el dolor. No ocurre de un día para otro… El problema es que, a no ser que se trate de traumas ocurridos de adulto (por ejemplo, un accidente), todo el programa se estableció cuando éramos demasiado pequeños para darnos cuenta de lo que estaba pasando. Y así, ocurre algo, nos molesta/inquieta/incomoda/agita/asusta/abruma y, a la vez, algo dentro se activa negando/minimizando/desvitalizándonos para así no tener que contactar con ello.

En su momento fue una respuesta adaptativa, era lo mejor que podíamos hacer para sobrevivir a la situación que lo generó. Pero ahora hace que todo un raudal de energía vital se desperdicie internamente, en este conflicto, inmovilizando nuestra reacción inicial, inmovilizando nuestro dolor, nuestra tristeza, nuestra decepción, nuestra rabia… Adormeciéndonos. Ese gran esfuerzo interno hace que estemos menos vivos.

¿Algo de esto te suena? No le preguntes a tu mente ni busques en la memoria, pregunta a tu cuerpo. Tarde o temprano, si quieres salir de ahí, será la puerta que tendrás que abrir.

Seguiremos…

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