Permitirse no saber para fluir con la vida

Permitirse no saber para fluir con la vida

Recientemente tuve una sesión individual con una alumna. Se encuentra en un momento difícil en su relación y vivía con angustia ese momento de incertidumbre. Necesitaba aclararse, decidir si quería continuar con la relación o no. Y tenía una larga lista de pros y contras pero eso no parecía ayudarle a dar el paso en un sentido u otro.

Los humanos, al menos los urbanitas «civilizados», necesitamos tener certezas. Nos gusta tener las cosas controladas, saber qué va a pasar y tener capacidad de decisión sobre nuestra propia vida. Lo de permitirse no saber no es algo en donde, en mi opinión, seamos capaces de nadar cómodamente. Tampoco llegamos ahí de forma voluntaria. Más bien es la vida la que nos enseña una y otra vez esa lección.

Cuando salía de mi encuentro recordé un momento en mi vida de mucha angustia, cuando yo también quería tomar una decisión y no sabía para dónde tirar. En mi caso se trataba de un tema profesional. Había estudiado Periodismo (voluntariamente), había ejercido, y sin embargo algo me decía que ese ya no era mi camino, que no era la dirección en la que quería seguir. El problema era que ni sabía hacer otra cosa ni sabía hacia dónde quería ir. Rechacé la posibilidad de que me renovaran el contrato en el lugar en el que estaba trabajando, me fui a hacer un retiro espiritual de 70 días, y decidí que me tomaría un año «sabático» para aclararme, que cerraría regresando a ese mismo lugar, con otro retiro de 70 días. Durante ese año aprovecharía para hacer algún curso de desarrollo personal, para «conocerme mejor» y poner las cosas más claras. Ése era el plan.

Las cosas no salieron exactamente así. Es decir, hice mi retiro, me tomé ese año, y volví a hacer el retiro un año más tarde. Pero seguía sin tener ni idea de lo que quería hacer, y esa incapacidad para decidir me hacía sentir profundamente incómoda, como si fuera «débil» por no saber, por no poder decidir.

Al final pasaron tres años de dudas y angustia. No sabía lo que quería y la cosa no mejoraba. Comencé a tirar en una dirección sin mucho convencimiento. Y, mientras iba tirando en esa dirección, fui descubriendo que, efectivamente, ése era el camino y que los tres años caóticos, de experiencias variopintas, habían sido necesarios. Había estudiado cursos donde había conocido a personas con las que había tenido conversaciones que a su vez me habían llevado a otros lugares que a su vez me habían desvelado temas que después terminarían sido importantes para mí.

Había vivido 3 años de impaciencia, pero empujar no me sirvió de nada. No hizo el camino más corto, más bien todo lo contrario. Necesité esos años para aprender la lección. Para aprender que las flores se abren cuando llega el momento, y los frutos caen cuando están maduros. No hay atajos. Hay un tiempo para cada cosa. Ése es el fluir de la vida.

Mi antigua Débora tenía la creencia (aprendida) de que no saber era una señal de debilidad. Necesité esos tres años para aprender que, en realidad, era al revés. La fortaleza radica precisamente en mantenerse en un estado de apertura, de no saber; de evitar dejarse llevar por las opiniones o comentarios del entorno, de fluir y tomar decisiones cuando el momento se despliega ante ti, no antes (y a ser posible, tampoco después). No iba de pros y contras: puede haber un solo «pro», que pese tanto como 10 contras. Se siente, o no se siente.

Para hacer esto posible hay que estar muy en contacto con la confianza. No sólo la confianza en uno mismo y en la propia intuición, que por descontado, pero sobre todo la confianza en la vida. Puede llevarnos años construirla, porque habitualmente lo que ocurre es que no se construyó, o se truncó en algún momento de nuestra vida. No hay atajos, o mejor dicho, el único atajo es volver a nuestro cuerpo, y su velocidad es mucho más lenta que las prisas de nuestra mente.

Necesitamos dejar de confiar en la inteligencia de nuestra mente, que es limitada, y se circunscribe a nuestros años de vida, y pasar a entender, y a escuchar, a una inteligencia dentro de nosotros que es mucho más antigua que nosotros mismos, que tiene millones de años de sabiduría, y que no es otra que la propia inteligencia de la vida. 

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