No es una línea, es una espiral

No es una línea, es una espiral

No es una línea, es una espiral / daltitcoachingRecientemente una amiga se desesperaba al ver en sí misma comportamientos en los que consideraba que «había trabajado ya», y que, de alguna manera, deberían ser parte de su pasado. El descubrir de repente, en una situación de crisis, que su reacción era «la misma de siempre» le generaba impotencia, enfado y la sensación de que no había avanzado nada: hasta entonces creía que estaba aprendiendo y ahora «comprobaba» que estaba en el mismo punto. Entonces recordé una pequeña anécdota, de algo que me ocurrió hace ya unos años y se la conté… Y ahora la comparto en el blog.

Ocurrió estando en Nepal, cuando hacía mi primer retiro de meditación más serio y «largo» (eso según mi propio estándar, claro, ¡era apenas un mes y hay gente que hace retiros de años!). Aunque estábamos en Nepal y en un monasterio tibetano, el retiro estaba diseñado para extranjeros y las enseñanzas y las prácticas se impartían en inglés. Todos los monjes y monjas eran occidentales, pero el encargado de transmitir las enseñanzas, basadas en un texto clásico tibetano, había pasado muchos años estudiando entre tibetanos e incluso gesticulaba y hacía ademanes propios de un tibetano, lo cual resultaba bastante curioso.

Y ahí estaba yo con mi cuadernito, para tomar nota de todo e intentar enterarme. Y pasó un día, y otro día, y otro día… Y al tercero o cuarto el monje comenzó a repetir básicamente un punto que había explicado ya antes, así que decidí poner una especie de «llamadita» en mis notas para señalar que aquello era una continuación. Y luego continuó con los puntos posteriores, pero al cabo de un día o dos volvió a hacer lo mismo, a repetir algo que ya habíamos visto, añadiendo alguna idea nueva, que había olvidado antes. Mi cuaderno era un lío y mi ideas también; sin un mínimo de estructura, sin puntos y subpuntos, epígrafes y subepígrafes, ¿como iba a organizar y entender lo que estaba diciendo? Me parecía un pésimo comunicador, y así se lo comenté a una chica jovencita que andaba por ahí y estaba a punto de hacerse monja.

Y entonces ella me dijo que era un método didáctico habitual los tibetanos. Daban una enseñanza, la dejaban madurar y al cabo volvían a tratar el tema. Incluso repitiendo las mismas palabras, una por una, la comprensión del que escuchaba no era la misma, porque el que escuchaba no era el mismo; el impacto cada vez era diferente, y la enseñanza iba calando, llegando cada vez más profundo… No se trataba de entender los conceptos de forma lógica y mental, sino de integrarlos, interiorizarlos… Profundizando con cada vuelta.

He asistido después a más enseñanzas tibetanas y he de decir que suelen ser bastante estructuradas y «lógicas»; creo que a ellos también les gustan los epígrafes. Pero aquella historia se me quedó grabada. Porque, efectivamente, tendemos a creer que nuestra vida es una línea recta, un camino que parte de un punto y llega a otro (lejano, suponemos, esperamos). Y, por ello, cuando trabajamos en nuestro desarrollo personal y vemos que en un momento dado reaccionamos de la forma «de siempre» (algo que, además, no es raro que ocurra en los momentos de crisis), nos desesperamos y autocastigamos porque sentimos que estamos en el mismo punto de partida y no hemos avanzado na-da. Pero nuestra vida no es una línea recta, sino más bien una espiral, y pasamos de forma repetida por algo que parece el mismo punto, pero más profundo: profundo porque reincidimos en hábitos que nos hace daño, y ahondamos la herida, o profundo porque la lección penetra en nosotros y la hacemos nuestra, poco a poco.

Como me dijo aquella chica en aquella ocasión, no se trata de entender de forma conceptual, sino de profundizar con cada vuelta. No es una línea, es una espiral.