Necesitamos sanar nosotros para ayudar a sanarse a otros

Necesitamos sanar nosotros para ayudar a sanarse a otros

A medida que empezamos a cambiar y salir de nuestro hoyo personal nos surge el impulso de animar a los que nos rodean a que hagan el camino también, que actúen y se sanen ellos también… Sin embargo, las cosas funcionan de una manera un poco diferente.

Hace poco me llamó una persona que conozco desde hace muchísimos años. Me contó que en una comida familiar había visto a su hermana (a la que también conozco) muy triste y probablemente deprimida. Y, como su relación con ella no es fácil, se le había ocurrido que quizás podía contactarla yo y animarla a que buscara algún tipo de ayuda.

Le dije que no. También le dije que no pensaba que pudiera ayudar a su hermana, o que, si se animaba finalmente a llamarla, que asumiera que la respuesta que iba a recibir no iba a ser necesariamente agradable. Creo que no se esperaba mi respuesta.

Creo que es hermoso el impulso de querer ayudar al otro. De hecho, en ciertas personas que normalmente han estado enfocadas únicamente en lo que les ocurre a ellas (quizás incluso en un rol de víctima o de autocompadecimiento) el simple hecho de poder ver que el otro también tiene problemas, de empatizar y desear tenderle la mano, es un indicio de que algo en ellos está cambiando.

También ocurre, cuando nos metemos en un camino de autoconocimiento o autosanación, que estamos tan maravillados con los cambios que estamos viendo en nosotros, con esa pequeñísima luz que vislumbramos al final del túnel, que queremos que todo el mundo haga lo mismo que hemos hecho nosotros, queremos ayudar a sanarse a los demás… Aunque ellos no nos lo hayan pedido y no tengan ningún interés particular en el asunto.

Camino por recorrer

El mismo acto de querer «curar» al resto creo que es un buen indicativo de que nos falta camino por recorrer. O, mejor dicho, que acabamos de arrancar el camino. Con el tiempo, si persistimos (en el camino, y en ayudar) no damos cuenta de ello. Nos damos cuenta de que nuestros «generosos actos» para sanar a los demás no son bien recibidos y suelen volvérsenos en contra.

También nos damos cuenta de que ahí hay algo nuestro que todavía no está resuelto: quizás un deseo de sentirnos vistos por el otro, y que nos reconozca los avances que hemos hecho. O quizás una dificultad para aceptar, en el espejo que nos hace el de enfrente con sus problemas, que no todo puede arreglarse. O quizás puede haber un deseo inconsciente de ponernos un poco por encima, y ser «el que ayuda»… O quizás necesitamos más «conversos» en nuestra nueva «religión» porque nos hace sentir seguros de que hemos escogido el camino correcto. O… puede haber muchos otros motivos.

Confío plenamente en que la mejor (probablemente la única) manera en que podemos «ayudar» a una persona que no nos está pidiendo ninguna ayuda es a través del ejemplo. Hacer más de lo que estamos haciendo. Comprometernos más con nuestro cambio, entrar más a fondo en nuestras flaquezas, nuestras heridas. Sanarnos a nosotros para sanar a los demás, para contribuir a una «constelación» familiar, laboral, social, más saludable y amorosa. Y aspirar a convertirnos, con suerte, en una inspiración que anime a otros a hacer el camino. Quizás dentro de 5 años, o de 10, o de 20. O quizás nunca… Y aun así, seguramente, seguirá siendo el camino más rápido.

 

 

 

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