Hacernos cargo de nuestras palabras

Hacernos cargo de nuestras palabras

«Hágase la luz», y la luz se hizo. Es una de las primeras frases del Antiguo Testamento, y desde luego se puede interpretar de muchísimas maneras. Pero una de ellas, quizás las más evidente, es que existe una conexión entre verbalizar algo y que esto se convierta en realidad. Sí, eso lo dijo Dios, pero sí, se supone que fuimos creados «a imagen y semejanza».

Durante el curso pasado estuve asistiendo a unas clases privadas organizadas por el rabino de Madrid. Cada martes por la noche, aprovechando que salía de dar clases en mi sala de yoga más pronto de lo habitual, me atravesaba media ciudad para ir a estos encuentros. Es el intento mayor que he hecho hasta la fecha por reconectar con mis raíces judías. Lo sé, no dejaba de resultar un tanto paradójico que me haya interesado por tantas tradiciones espirituales y que la propia, la que viví más en casa cuando era una niña, a través de mi padre, ni la tocara…

Al final no llegué muy lejos. Me siento atraída por la mística, y la religión judía, si se caracteriza por algo (aun contando con la mística de la Cábala) es por su normativa. Todo está regulado y estipulado: es lo que le ha permitido subsistir a lo largo de todos estos milenios.

Hubo muchas cosas interesantes de la experiencia. Pero lo que más me llamó la atención (más allá de los paralelismos que podían trazarse con otras tradiciones) fue que algunas enseñanzas se me parecían increíblemente a conceptos que he aprendido del mundo de la psicoterapia. Eso sí, estaban explicados con el punto de referencia evidente de Dios y lo divino.

Escuchando esas explicaciones extrañamente familiares de repente se me encendió la bombillita: cómo no va a haber conexión, si Freud, el padre del psicoanálisis, era judío y muchos detrás de él lo fueron también (sólo por citar a algunos, Alfred Adler, Wilhem Reich, Viktor Frankl, Fritz Perls, Erich Fromm, Abraham Maslow, Noam Chomsky…).

Visto desde ese lugar, era un poco como si la psicología fuese un poco el Judaísmo de los ateos, que no podían evitar seguir teniendo una cosmología a partir de la que veían y teorizaban sobre el mundo (luego me puse a investigar y efectivamente muchos estudiosos antes ya habían analizado la conexión).

Toda esta introducción larga para volver al principio: creo que no somos ni remotamente conscientes del poder creador que tienen nuestras palabras. Es la varita mágica que llevamos incorporada, por el hecho de ser humanos. Y esa es nuestra cualidad «divina» en comparación con la que capacidad de acción o transformación que puede tener, por ejemplo, otro animal.

Son muchas las tradiciones que enfatizan, de una manera o de otra, la importancia del «hablar correcto», como se dice en el Budismo. Este hablar correcto budista hace referencia a abstenerse de mentir, o de criticar o calumniar a alguien. También hace referencia a hablar de forma poco respetuosa, o simplemente al hablar por hablar. Son indicaciones que se hacen porque hay esta conciencia de que las palabras no se las lleva el viento, sino que producen un poso, tienen efecto. Nuestro refranero lo confirma: «calumnia, que algo queda».

Y en realidad no sólo se trata de las palabras «dichas»; las palabras pensadas también tienen un efecto similar (el «pensamiento correcto» es otro de los peldaños del Óctuple Sendero budista).

Creo que nos podemos adentrar en un camino de autoconocimiento poderosísimo, tanto espiritual o psicológico (ya sabemos, Judaísmo de ateos 😉 realizar tan solo realizando un trabajo profundo de observación (y depuración) de las frases que decimos, las conversaciones que mantenemos, los mensajes que llenan nuestros oídos (y que después repetimos), los adjetivos con los que definimos a los demás y a nosotros mismos (tanto verbalizados como en silencio). ¿Me quedo con palabras de censura o crítica o me quedo con términos de afecto, admiración, respeto? ¿Cuántas veces al día digo algo bonito a los demás o a mí misma/o? ¿Cuántas me quejo y critico?

No creo que sea casual que en una época donde predominan tanto las ‘fake news’ y el «hablar por hablar» a través del exceso «informativo» (información suele haber poca) o donde el valor de la palabra está por los suelos, es normal que nos sintamos desvalorizados, débiles, impotentes, desvitalizados.

Y quizás devolver a la palabra pronunciada ese valor, tratar cada cosa que digo (y si puedo, que pienso), como si fuera una joya, pueda ser un camino hacia recuperar nuestro poder personal.

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