El padre y la madre que no tuvimos

El padre y la madre que no tuvimos

Hace no mucho me descubrieron «Psique y Soma. Terapia Bioenérgetica», un librito en donde su autor, José Agustín Ramírez, resume de forma clara y sencilla los principios del análisis bioenergético y aporta, además, su experiencia de años como terapeuta.

Uno de los capítulos más interesantes está justo al final del libro, cuando Ramírez aborda el tema del «terapeuta bioenergético» y explica cómo son las interacciones que se producen entre terapeuta y paciente en función del perfil o carácter de uno y otro. La personalidad, necesidades y tendencias del terapeuta también están presentes en una sesión, aun cuando el terapeuta haya realizado un trabajo personal profundo y haya podido matizarlas. Por ello, la única vía para no interferir en el proceso personal del paciente es que el terapeuta sea en todo momento consciente no sólo de su propia personalidad, sino de cómo tiende a reaccionar ante los diferentes tipos de personalidades con que va a encontrarse.

Ramírez se hace eco en su libro de una definición de terapeuta que no había oído antes y que no es suya, sino del también experto en Bioenergética Stanley Keleman. Según ellos, la función del terapeuta es ser, más que un especialista, el padre, la madre y el amigo sustituto que ofrece al paciente lo que a éste le faltó.

Creo que la definición no se limita a los terapeutas bioenergéticos, o a los terapeutas en general. Recuerdo las palabras de un amigo coach al que admiro que me decía que, a menudo, más que una gran sesión de coaching, lo que la gente necesita es cariño, el cariño que hace crecer la confianza en uno mismo; en mi experiencia he ido descubriendo que es cierto.

Cariño, o dar aquello que nuestros padres no pudieron darnos: son palabras distintas para algo muy parecido. Con el cariño y la ternura de estar ahí para el otro, simplemente presente y sin exigirle ni buscarle las soluciones, se consiguen milagros.

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