El invierno interior en este año que termina

Un invierno interior

El invierno interior en este año que termina

El año 2020 se acerca a su fin y como siempre en esta época del año las reflexiones y las miradas hacia atrás se multiplican. Posiblemente, en este año que termina hay una necesidad aún más pronunciada de poner sentido a todos los acontecimientos de los últimos meses. Necesitamos un discurso, una narrativa para entender, entendernos y estructurar nuestra vida. Con grupos o amistades llega ese momento de compartir, y a mí la única palabra que me surge cuando me preguntan sobre este momento es «invierno»: siento que vivo en un invierno interior.

No sé cómo ha sido tu vida: la tuya, persona que lees este texto. Lo que es en mi caso, en mi vida en concreto, han pasado muchas cosas. Y he vivido años objetivamente malos o bastante malos, ya de niña y adolescente. El 2020, en lo personal, no ha sido mi peor año. Ha habido experiencias bellas: sencillas, pequeñas, dichosas, intensas.

Pero sí ha habido una diferencia: si antes ocurrían sucesos difíciles (imagina un duelo), y tocaba atravesar el dolor mientras alrededor el mundo continuaba, ahora la sensación ha sido un poco la opuesta: lo que se estaba desmoronando no estaba adentro, sino afuera. Muchísimo dolor, y no a nivel local, sino planetario. Dolor compartido.

Me viene la imagen de un teatro donde el escenario empieza a caerse y resquebrajarse a nuestro alrededor (solo que tú no sabías que era un teatro: es tu vida, pensabas que los escenarios eran muros sólidos).

El dolor, el trauma, han sido colectivos, globales. Y al mismo tiempo, creo que no podemos engañarnos, lo ha sido porque el trauma ya estaba ahí de antes: las heridas ya estaban mal cicatrizadas de antes, las cosas ya estaban pegadas con celo de antes. El escenario era eso: cartón piedra.

Inevitablemente algo hay que hacer… Si todo empieza a desmoronarse, algún paso tenemos que dar para que no nos caiga la piedra encima. Y por supuesto en ello estamos, adaptando nuestras vidas, adaptando nuestros trabajos, ajustándonos a las circunstancias, construyendo maneras nuevas… En el día a día.

VIVIR EL INVIERNO

Mientras yo hago esto, a la vez, hay algo en mí que está en invierno. ¿Te ocurre a ti también? Un invierno interior, oscuro, profundo. Hemos tenido que desprendernos de todo, no tanto (quizás) en lo concreto, pero con seguridad sí de nuestra idea sobre en qué consiste vivir, en qué consiste esta vida que nos ha tocado (que antes no consistía en estar encerrado en casa, o en mantener distancias de seguridad y no poder besarse ni tocarse, o en que los desplazamientos estuvieran limitados, o en ni poder leernos los labios para escucharnos). Ahora sabemos que lo imposible puede hacerse posible, y no en el mejor sentido. Nos han puesto en una encrucijada y hemos tenido que dejar ir muchas expectativas, como si fueran hojas… Llevo (llevamos) en otoño desde marzo: dejando ir.

Ahora nos toca quedarnos en la médula. Este invierno es tan invierno que casi ni va a tener Navidad, el gran desahogo, la bocanada para no mirar mucho hacia adentro: con el frenesí de las compras, el frenesí de los encuentros y las celebraciones, el frenesí de los gastos y los regalos, la bacanal de los empachos y las borracheras… Nada. No va a haber nada de eso. Este invierno es de noche polar. Es vacío y oscuridad total.

Por supuesto puedo seguir buscando fiestas, por supuesto puedo escapar y disfrutar… Pero si hago primaveras y veranos del invierno, ¿cuándo, en qué momento exactamente voy a vivir este vacío? Sospecho que este va a ser un vacío importante de hacer en nuestras vidas. Es el vacío que nos dice que ese ciclo en el que estábamos, tal y como lo conocíamos, ya terminó. Que toca cerrar temas aunque no sepamos qué será lo siguiente que llegue, aunque no sepamos cómo será la primavera.

Parar y vivir inviernos no es fácil. Me imagino que las mariposas, cuando están metidas en su capullo y todo su cuerpo está transformándose, tampoco deben de pasarlo nada bien, aunque sea necesario.

A mí en particular me ha ayudado mucho (aparte de todo el trabajo con el yoga y la meditación, aparte del trabajo psicoterapéutico) el llevar ya unos cuantos años transitando mis ciclos femeninos, encarnándolos de forma consciente. La etapa de la menstruación es un invierno interior; pasas la semana premenstrual, que es un otoño, un duelo de lo que no ha sido, un desgarro interno, y llega el invierno, cuando no queda nada. Y te vacías: literalmente (si eres mujer, sigues en tu etapa cíclica de la vida y lees esto, quizás pueda servirte. Si no lo eres, de todas formas hacer la conexión entre invierno con menstruación quizás te ayude a hacerte una idea sobre de qué va la cosa). Es esa pequeña ventaja que tenemos las mujeres si nos dejamos vivir nuestros ciclos con presencia y respeto en lugar de pretendernos lineales y homogéneas: que cada mes se convierte en un recordatorio que nos baja de la fantasía a tierra firme.

En fin, que aquí estoy… En invierno, recogida y sosteniendo el vacío. En mi crisálida interior y, como le decía hace poco a alguien, sin saber muy bien qué bicho saldrá luego: ¿una mariposa, una polilla, un escarabajo?

No sabemos cuánto puede durar este invierno. Lo que sí sabemos, seguro, es que al final, detrás, llegará una primavera. 

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